FANZEUS – CRÓNICA DE LA ETERNIDAD
I
Eran los tiempos de la conquista, un grupo de soldados españoles campeaba por doquier, sedientos de fama y de riquezas, su líder había repartido el saqueo del día y aquellos no estaban de acuerdo con lo que habían recibido, deseaban cada vez más, estaban dispuestos a todo con tal de lograr sus disparatados objetivos.
Sabían que cerca de allí se encontraba la residencia de un curaca, el cual había sido “respetado” por su comandante; Era inaudito que un indio como ese, por más rango que tuviera, gozara de “privilegios” mientras los valientes hombres de su majestad se podrían en la miseria y la desigualdad, había que remediar aquel asunto.
Pasada la hora del crepúsculo, un grupo de aproximadamente 15 hombres bien armados irrumpió en la casa del curaca, rápidamente dieron cuenta de los habitantes, al final sólo quedo vivo el curaca y su hija, el nombre de la joven era Urpi, tenía 19 años, era bella e imponente como la misma quilla - luna cuando vestía sus mejores galas y ostentaba su máximo esplendor, justamente esa fue su maldición, fue violada delante de su padre quien contempló impotente el acto ya que estaba maniatado por algunos de los hombres quienes de esa manera esperaban su turno para participar de aquella infamia.
Urpi quedo enloquecida con lo que había vivido, una vez terminada la ofensa corrió lo más que pudo, encerrándose en la casa; los hombres, satisfecho el deseo, se dedicaron a atormentar al curaca, insultándolo, golpeándolo; el pobre hombre no sabía que hacer ni a quien pedir ayuda, sus dioses habían sido vencidos por el dios cristiano, su emperador había sido humillado por la fuerza del trueno que trajeron los extranjeros. De pronto, todos repararon en la doncella quien nuevamente había vuelto para encarar a sus ofensores, lanzándoles una mirada impregnada de ira y asco, seguidamente miró a su padre, derramó algunas lágrimas, luego extrajo un cuchillo ceremonial y se rebanó la garganta.
El curaca no podía creer lo que estaba viendo, aun los mismos soldados quedaron estupefactos por el hecho. Urpi cayó muerta, en medio de su propia sangre que brotaba como lóbrega fuente; los soldados desistieron de la tortura al curaca, entraron en la casa y se llevaron todo lo valioso que pudieran sostener, dejando atrás a un pobre remedo de ser humano, vencido y abandonado por todos, incluso por su propia hija, arrodillado, manchándose las manos y la cara con la sangre de aquella desdichada.
El jefe de los soldados no hizo mucho esfuerzo en la reprimenda, conocía las locuras a las que sus hombres podían llegar, pasó por alto el hecho, debían irse en unos días. La tropa que cometió aquellos vejámenes se silenció en cuanto a lo que había ocurrido, nadie hablaba ni comentaba acerca de aquello. Una noche, uno de los soldados salió a dar una vuelta y a buscar en que entretenerse, quizá usaría de bufón a alguno de los pobladores; de improviso fue cogido por poderosas manos quienes lo inutilizaron, haciéndole perder el conocimiento.
Luego de un buen tiempo el soldado despertó, viose atado en una especie de gran piedra, volvióse a un extremo y contempló un gran monumento, era una especie de roca, la forma de la misma era peculiar, parecía la cabeza de un animal; frente a él se hallaba un personaje conocido, era el curaca, a su alrededor se encontraban distintas personas, todas llevaban una quena en las manos, el curaca además llevaba un cuchillo.
- Lo recuerdas – dijo aquel – antes estaba bañado con la sangre de mi hija.
El soldado no sabía que hacer, de pronto las quenas comenzaron a sonar, una melodía tristísima, melancolía pura, el dolor del humano se reflejaba en aquellas notas que eran dedicadas al cielo, a la madre quilla que se dejaba ver en todo su abolengo, la melodía se transfiguraba en sufrimiento, semejaba a la muerte, era la música que representaba el clamor de una raza, el llanto terrenal que se perdía en los cielos eternos.
De repente el mundo comenzó a temblar, pero no por eso las quenas callaron, continuaron su trance melódico, las notas conducían el alma a algún lugar escondido de la existencia. En medio de aquel laberinto de hechos, la roca - monumento comenzó a dejar salir una especie de fluido, sangre parecía, una roca que sangraba, una entidad doliente.
- La huaca esta llorando por mi hija – dijo el curaca – la sangre de la tierra clama por aquel que la condenó.
El curaca llevó el cuchillo hacía aquel líquido que fluía, empapó la hoja con aquella substancia, el arma era ahora de un color rojizo demasiado intenso; comenzó a acercarse cada vez más al soldado, la tierra seguía temblando, las quenas elevaban cada vez más su tristeza, la luna estaba en lo más alto de su apogeo. Él levantó el cuchillo y lo descargó sobre el cuerpo de su víctima quien de pronto sintió como la hoja penetraba su corazón; en ese mismo instante, la piedra sobre la cual estaba acostado despidió una punta, atravesando su cuerpo desde la espalda, la hoja del cuchillo se unió a aquella protuberancia recién nacida. La superficie de piedra donde estaba acostado el soldado se tornó roja debido a su sangre que fluía a borbotones, lo curioso era que la misma piedra también sangraba, “sudaba” un liquido intensamente, substancia que se mezclaba con la que el soldado derramaba, el hombre terminó recostado sobre una ancestral mancha roja que se propagaba hasta el mismo suelo, el festín había dado comienzo.
El soldado observaba la luna esperando la ansiada muerte pero ésta no llegaba; debajo de él, el color rojizo cobraba vida, moviéndose de la roca como una fuerza con voluntad propia, mezcla inusual que se reintrodujo en el cuerpo de aquel que yacía indefenso, difuminándose por todos los rincones de un organismo que se interrogaba si aquello era ¿Su propia sangre? El curaca extrajo el cuchillo del corazón y en ese mismo instante, la punta que había salido de la piedra se retrajo. El soldado no podía pararse, la luna lo había embelesado con su luz, poco a poco pudo moverse, alzó sus manos, el color de las mismas era tan pálido como el reflejo lunar. Las quenas sonaron con más fuerza transmitiendo la tristeza de la tierra, que seguía vibrando; el soldado sintió, incluso pudo ver todo el sufrimiento inmemorial transmitido por aquella música, su cuerpo sucumbió a un dolor interminable.
- Ahora compartes la sangre de la Pacha mama – dijo el curaca - derramaste la sangre de una inocente y por eso has sido marcado, perecerá el imperio y la memoria de muchos, yo mismo desapareceré pero tu seguirás errante, sediento de sangre, eso es lo que la huaca te ha deparado para los años que tienes por delante. Vivirás tanto como la tierra dure, sufrirás tanto como ella, sentirás el dolor que le causan, la sangre será tu único remedio porque con ella obtendrás nuevamente parte de esa humanidad perdida, pero aquello será efímero ya que el sufrimiento heredado seguirá en ti, Pacha mama vivirá agujereándote el corazón, pagaras eternamente por aquello que le robaste y me robaste, ahora lárgate, ve y contempla el nuevo mundo que te espera.
El soldado desfallecía por el dolor, por aquellas imágenes que lo perseguían, vio su cuerpo marcado por el cuchillo, el orificio estaba allí pero la herida había cerrado, ¿Qué era todo eso?, no lo podía entender, por un momento quiso reírse de la locura del curaca y de la suya. Las quenas cesaron y la tierra volvió a la tranquilidad, pero el soldado comenzó a sentir algo nuevo, un sinfín de quenas que se adentraban en su alma, colmándolo de tristeza, aumentando su tormento, haciéndolo más insoportable; Llevose las manos a la cabeza, no lo podía tolerar, salió corriendo, su locura lo hizo perderse en el tiempo y el espacio.
Lo acontecido, como dijo el curaca, quedó en el olvido, el nombre del soldado fue incorporado al número ínfimo de bajas que la conquista deparó para los invasores, el tiempo transcurrió y muchos hechos se convirtieron en protagonistas de la historia, algunos fueron olvidados, otros quedaron grabados en el sentir de un pueblo. El soldado y su vida mortal se perdieron en el laberinto de la existencia.
II
Año 2007, Unas mujeres caminaban presurosas rumbo al Mercado Central, de salida de la antigua quinta donde vivían se cruzaron con un anciano de aproximadamente 80 años, las mujeres mostraron cierto miedo al ver a aquel personaje, apresuraron la marcha y se perdieron de la vista del viejo.
Nicolás era el nombre de aquel anciano, vivía en la quinta desde hacía muchos años y siempre tuvo fama de excéntrico; muchos de los vecinos lo catalogaban de loco y otros apelativos, recientemente corría el rumor de que estaba realizando pactos con el diablo pues constantemente era visitado por un hombre alto, vestido totalmente de negro. Los que habían podido verla la cara al extraño visitante sólo pudieron hacerlo por escasos segundos ya que la mirada de aquel ser era tétrica, producía un intenso dolor en el corazón, la gente se sofocaba, sentían que los latidos del cuerpo se aceleraban tanto que bien podrían estallar en cualquier momento; lo que alcanzaron a notar fue la extrema palidez de su rostro, parecía que llevaba en él el brillo de la luna llena la cual posiblemente se había apoderado de su existencia, personificándola; otros más alocados decían que quizá era de la luna, un extraterrestre, opiniones como esta causaban risa y burla.
Era viernes y como muchos otros, Nicolás regresó temprano a su casa, la arregló como mejor pudo y esperó la hora pasada del crepúsculo; A las 7 de la noche alguien tocó su puerta, la abrió, en su delante se encontraba un extraño personaje que compartía la forma humana con todos nosotros pero su naturaleza era distinta; Nicolás lo invitó a pasar, el visitante saludó con cortesía antigua e ingresó a la casa del viejo. Era una vivienda típica de las antiguas quintas limeñas, lo peculiar estaba en que toda ella se cubría de estantes repletos de libros, más que en muchas bibliotecas universitarias; Había tomos antiquísimos, libros recientes y extrañas recopilaciones; el visitante se detuvo, sacó del estante uno de los libros y luego lo hojeó, se rió un poco de lo que decía.
- Estos ilusos y sus teorías conspiratorias creen que el Vaticano está detrás de todo lo malo que pasa en el mundo, mas no es el Papa sino el líder de la Inquisición el que maneja los hilos de la vida, esos infelices fanáticos que superviven aún – dijo el visitante.
Nicolás rio con él, ambos se sentaron y comenzaron su plática cotidiana. El visitante relató una experiencia que le había acontecido hacía unos días. Caminaba solitario a altas horas de la noche por la Av. Universitaria, el peligro le excitaba ya que podía encontrarse con ciertos seres nocturnos nada amigables; En eso, vio salir de un terreno a un grupo de dos a tres jóvenes, observó el lugar de donde provenían, era una huaca que supuestamente estaba guarnecida de cualquier intrusión extraña, parecía que no era así; Un dolor agudo inundó su cuerpo, los recuerdos perturbaron su alma, cayó de rodillas mientras derramaba lagrimas rojas, sus ojos estaban teñidos de ese color, observó a los lejos al grupo que se apartaba, decidió seguirlos. Los jóvenes llegaron a un edificio en construcción cuyas obras se habían detenido hacía unos meses por falta de presupuesto, allí el guardián les abrió la puerta, adentro habían varios muchachos, todos totalmente ebrios. Los que habían llegado estaban ligeramente borrachos, uno de ellos extrajo un polvo blanco y lo inhaló desesperadamente, luego se unieron a los anfitriones ingresando a la construcción. En medio de materiales abandonados, yacía el cuerpo de una mujer joven, estaba semi – desnuda, atadas las manos y los pies, los ojos vendados, la boca amordazada; El grupo formó un círculo a su alrededor, los ojos de la mujer fueron liberados, el lenguaje de los mismos habló de la desesperación y el terror que experimentaba.
- ¿Quién va primero? – preguntó uno de los jóvenes
Nadie respondió, todos hablaban entre si, aquello era la capital de la indecisión.
- Si nadie se decide entonces yo voy – dijo el mismo joven, cogiendo una botella de vodka y apurando un buen trago.
El chico comenzó a desabotonarse los pantalones, ninguno protestó, al final todos estaban interesados únicamente en ver un buen “espectáculo”, el protagonista resultó ser lo de menos, parecía un conclave de voyeuristas. Dos muchachos desamarraron las piernas de la joven y la sujetaron mientras que el actuante se colocó en posición, introduciendo violentamente su órgano genital, rabiando de contento, gritando alocadamente, no le importaba que los vecinos lo escucharan, si alguien venía sabían por donde huir o en todo caso tenían el dinero para arreglar el asunto, los policías son corruptos después de todo, además aquella no podría ni gritar, no diría nada ni hoy ni otro día, jamás abriría la boca, los muertos no pueden declarar, al menos no directamente.
La joven no podía decir palabra alguna pero su mirada era suficiente, era la ira, la frustración, la vergüenza, el miedo, la impotencia; Sus ojos se inundaron de lágrimas.
- Vaya una diversión para tantos imbéciles – dijo una voz que provino de la tinieblas.
Los jóvenes no le prestaron atención, estaban concentrados, vivando y alentando a su compañero en su supuesta “hazaña”.
De pronto, algo apareció en medio de toda la locura, un hombre alto quien se paró cerca de los que sujetaban a la joven, aquellos retrocedieron mientras el protagonista de la escena se retiró de su victima, acomodándose los pantalones.
- Y éste estúpido de donde salió – dijeron unos.
- Soy vuestro humilde servidor en esta noche de desenfreno, he venido a acomodaros mejor en la faena que estáis realizando – dijo el extraño, haciendo una especie de reverencia.
Los jóvenes rompieron a reír, que anacrónico y ridículo les resultó todo eso.
- Debe ser un loco que se ha fugado del Larco Herrera – dijo uno de los muchachos.
- Debe tratarse de algún fumón que quiere plata para seguirla – dijo otro – si es así te fregaste, ya nos gastamos todo el dinero y de la nuestra ni pienses que te vamos a convidar.
- Bueno, si quiere quedarse a observar pues que lo haga, ya hemos perdido mucho tiempo, volvamos a la función – dijo aquel que interpretaba el papel de violador.
El joven nuevamente comenzó a bajarse los pantalones, de pronto, sintió como una mano le tocaba el órgano genital y se lo apretaba, lentamente la presión iba subiendo de intensidad.
- Suéltame huevón – profirió - si querías que a ti también te lo hiciera te hubieras esperado hasta que termine con la perra.
El extraño soltó al joven para luego lanzarle un feroz golpe dando con el muchacho a algunos metros de distancia.
El resto del grupo, envalentonado por el número y por los estimulantes que llevaban encima, rodeó al intruso, algunos blandieron cuchillos y uno de ellos mostró un revolver. El extraño sonrió, sus movimientos solamente tomaron unas fracciones del tiempo humano luego de lo cual los jóvenes yacían golpeados, desparramados por los suelos; aquellos que llevaban los cuchillos estaban derrumbados en los extremos con las manas atravesadas por sus propias armas; el arma de fuego estaba rota y su portador yacía a un lado con las manos fracturadas. El extraño cogió a la joven y la llevó consigo, afuera lo esperaba el vigilante del lugar, le apuntaba con una escopeta, pero su blanco repentinamente desapareció, en vez de él aparecieron un conjunto de sombras las cuales rodearon al vigilante quien en ese momento sintió como una extraña melodía le perforaba el cerebro, el arma cayó de sus manos, trató de cubrirse los oídos pero aun así el sonido continuaba, comenzó a gritar, a convulsionar en el suelo; fuera de allí, un extraño ser caminaba llevando en brazos a una mujer.
Sentados en una vereda, aquel hombre observaba a la chica que había rescatado, la había cubierto con su saco por el frio que hacía pero sus temblores no eran por el clima sino por el trauma que había vivido y del cual trataba de recuperarse; de pronto ella se volvió hacia el sujeto quien retiró su mirada y la dirigió a otro lugar. Él comenzó a hablarle:
- La próxima vez, elija mejor sus amistades o los lugares por donde transita, uno no sabe lo que puede encontrarse en esta maldita selva.
La mujer estiró su brazo y tocó la barbilla de su salvador quien no hizo nada por detenerla, lentamente le volvió el rostro hasta que ambos se encontraron. Ella lo miró a los ojos, aquellos insondables agujeros que habían despertado el terror en muchos que los habían visto fijamente, sin embargo no sintió miedo alguno, una paz tan regocijante inundó su alma, sonrió levemente; el extraño quedose pensativo, que mujer tan especial parecía ser; sentía un vínculo que los unía pero no era el acontecimiento que vivieron, iba más allá de eso.
Ambos se incorporaron, él la acompañó hasta la puerta de su edificio, la joven quedose agradecida, conversaron un momento, de pronto estaba sola, quedose muda, ya eran demasiadas cosas extrañas que le habían acontecido, sin embargo la imagen de aquel hombre se conservaba en su pensamiento, sobretodo aquel extravío que descubrió en sus ojos, un ansia de ser perdonado por alguien, parecía que aquella súplica se la dirigiera a ella; una sensación olvidada se asomó a su ser femenino. A lo lejos, el extraño la observaba, compartiendo aquel sentimiento tan raro que a él también lo había aprisionado. La duda será esclarecida pronto o quizá nunca.
III
Nicolás, como era costumbre, escuchó fascinado la historia; escribió cada detalle de la misma, sería un excelente componente para unos cuentos que estaba preparando, pero no los publicaba en su país sino por medio de una revista extranjera, prefería eso al Mercado Nacional; el extraño rio de sus afirmaciones, la velada había sido estupenda pero ya debía partir, se levantó y saludó cortésmente a Nicolás, enrumbando su ser hacia la puerta, de pronto el viejo lo detuvo con una pregunta.
- Estas omitiendo algo en tu historia amigo mío – dijo Nicolás - ¿Acaso ella no te dio su nombre?
- Perséfone – contestó el visitante – como la de la mitología griega, aunque prefiero la versión latina, Proserpina.
- Bueno, si hablamos de nombres extraños – dijo Nicolás – Fanzeus.
El extraño rio discretamente.
- Me gusta jugar con las palabras, deformarlas, mezclarlas, esa versión me pareció algo excéntrica, llamó bastante mi atención, además creo que es difícil de recordar o de ubicar.
Nicolás asintió, sabía que Fanzeus había tenido infinidad de nombres falsos que encubrieron su identidad intemporal, pero aquel era el nombre que usaba desde hace mucho, casi desde su “renacimiento”, de la condena que debía arrastrar hasta quien sabe cuando, sus pecados sean absueltos y la muerte se dignara en acostarse con él.
Fanzeus hizo una reverencia en la puerta y salió de la casa, una persona que estaba en la ventana de una vivienda, observando, rápidamente se ocultó. Fanzeus bajó hasta la entrada de aquella quinta, fuera de ella contempló la excelsa noche, de pronto pasaron por su lado un grupo de chicos, haciendo bulla y maldiciendo a diestra y siniestra, uno de ellos reparó en Fanzeus, su apariencia lo perturbó, maquinalmente extrajo de su pecho un crucifijo y lo puso entre él y aquel extraño quien se inclinó y se persignó, el chico quedo asombrado, guardose el crucifijo y emprendió la carrera, en su camino se repetía a si mismo: “Pensaba que los vampiros temían a este tipo de símbolos”
Fanzeus riose de los pensamientos del chiquillo, volviose de cara al mundo, su mente escudriñó el ambiente, allí pudo sentir algo, una sensación tan conocida, tan putrefacta como el hedor humano, su camino aun no culminaba, quien sabe cuando terminará; Emprendió la marcha y para amenizar su búsqueda extrajo de su bolsillo un reproductor mp3, le agradaban los artilugios de aquel mundo post – moderno como era ahora la denominación que estaba de moda. Los ojos de Fanzeus se encendieron inhumanamente, iba en búsqueda de la carroña, tratando de librarse de la maldición de la eternidad mientras el mp3 bombardeabale de exquisito placer con la canción “Escalera al Cielo” de Led Zepellin, algún día la hallará, o su contraparte al otro mundo, si es que ambos existen, al menos encontrará a la muerte, ese será el fin.
CHRISTIAN DENNIS HINOSTROZA GARCÍA
MORMEGIL
dennis_garcia13@hotmail.com
lunes, 24 de diciembre de 2007
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